
El examen había iniciado con unos minutos de retraso. Los ojos de Laura sobre el papel avanzaban letra por letra, palabra por palabra, frases y frases sobre asuntos relacionados con la ciencia. De vez en cuando se rascaba la pantorrilla, levantaba la cabeza y miraba al profesor que la observaba desde su puesto de vigilancia allá arriba delante de la pizarra. Sus miradas se cruzaban como dos rayos de fuego; cada uno adivinando el sentimiento del otro y aparentando normalidad. Laura volvía sus ojos al papel, a concentrarse en el examen y a escribir sus respuestas.
El profesor tenía ya algunos meses una idea martillando su mente. Se moría de las ganas de acariciar los cabellos de Laura, a pesar que ella usaba el pelo corto, exageradamente corto. Los días de clase la esperaba ansioso. Se asomaba a la puerta del salón hasta que la miraba llegar imponente, desplegando su figura desde lejos. Ocultaba sus ojos tras unos lentes oscuros y con el hombro sostenía el bolso lleno de cuadernos y cosas de mujeres. Saludaba al profesor con la pena de quien cree ser esperado para iniciar la clase, acto seguido se quitaba los lentes y tomaba su asiento al fondo del aula. Se posesionaba de su sitio como una guerrera que se toma una ciudad y colocaba sus libros y lápices como los cañones que se pasean por la plaza recién conquistada. Cuantas veces había soñado despierto con ella, imaginado su perfume, su aliento, su rostro al hacer el amor y el apacible golpeteo de su corazón al dormir.
El examen continuaba sin novedad. Todos apurados escribiendo. El, seguía con la mirada fija en aquella extraordinaria mujer. Más tarde, se levantó y caminó por el salón hasta llegar al asiento de Laura. De nuevo sintió las ganas de acariciar su cabello. Respiró profundo y continuó con sus pasos lentos por el salón. Llegó al asiento donde se sentaba a vigilar a los alumnos y desde allí siguió contemplándola. La observó sin esperanzas, pensó que era una mujer dura, dominante, de esas que toman sin pedir, la vio tan bella y la sintió más lejos que nunca.
De repente, ella levantó la vista y descubrió sus ojos que la contemplaban, adivinó el mismo fuego que venía como una súplica de amor. Se miraron por unos instantes que se prolongaron al infinito. El gritaba en silencio: Te amo... Te amo... sin apartar los ojos. Ella hizo a un lado el examen, se levantó sin dejar de verlo a los ojos y caminó hacia él. El profesor creyó que se aproximaba un desenlace de historia de amor. Laura avanzaba lentamente. Llegó hasta él, sus labios se acercaron a sus oídos, entonces el sintió el resplandor de Laura en su rostro. Estaba a punto de desmayarse por la emoción cuando la oyó decir: ¿Profe, me da permiso de ir al baño?
Juan Centeno