17 abril 2016

Historias de detectives: "La niña de la mochila azul"

Son las 8:45 de la mañana del Domingo, un deseo incontenible de orinar me despierta, salto de la cama pues no pienso arruinar los últimos dos días de uso que le restan a mis calzoncillos Calvin Klein antes de echarlos a la lavadora. El sonido del chorro me termina de despertar, veo mucho desorden en el baño, toallas, calcetines, periódicos viejos, en fin, he debido estar muy ocupado para no arreglar estas cosas. Un ruido en la cocina me saca de mis reflexiones. ¿Será que alguien ha forzado la puerta? ¿Un ladrón? ¿Alguna pasada de cuentas?  Busco rápidamente la Makarov que me dejó de recuerdo el comisionado Cordero y me desplazo lentamente para sorprender al intruso. Deberían imaginarme, en pantuflas, en bata de dormir sin abotonar, en mis Calvin Klein y la Makarov en mi mano derecha, avanzando pegado a la pared. De pronto, el borde de la bata pasa arrastrando unas botellas de cervezas que quedaron de alguna celebración y el estruendo me delata. No pasa nada. Llego a la cocina y lo que veo es un tiradero de madre y señor mío. Sobre el comedor, Cindy mi gata, está lamiendo los platos donde alguna vez hubo restos de comida. Están todos casi limpios, los guardo en el compartimento de la alacena, le doy un poco de leche que quedaba en la refri y regreso a la cama.

A las 9 de la mañana mis cavilaciones me han llevado a una sola conclusión: Necesito una asistente. Pienso en Noelia, la chica delgada a quien conocí una tarde en un cafetín de la ciudad, extremadamente ordenada aunque fuma bastante. Creo que podría ayudar mucho.

Son las 11:15 de la mañana de otro domingo. Han pasado varias semanas desde el incidente con Cindy. Ahora mi despertar suele ser muy agradable como el de este día. Noelia se da vuelta, se sienta sobre mi abdomen y tira fuerte de mis orejas, lo primero que percibo es el olor a cigarro pero no importa, así debe oler la habitación de un detective que se respete. Abro lentamente mis ojos y veo su sonrisa mágica adornada por un camanance que es como su carta de presentación, y viéndome desde lo alto, sus traviesos ojitos dormilones, como los de la niña de la mochila azul. Al bajar la vista el paisaje se vuelve más seductor, sus pezones erectos me apuntan como blanco de sus intenciones. Así transcurre lo que queda de la mañana del domingo. No he tenido casos nuevos que resolver en varias semanas pero ¡Dios santo! esto si es la felicidad.

JCenteno

Domingo, abril 17/2016/  León, Abby Road 777

18 marzo 2016

La esposa (III)

Aquella noche el marido
se fue a dormir a casa
de su amante.
Disfrutaron la cena,
vieron una película en la TV,
y tomaron unos tragos
mientras conversaban en la cama.
El abanico giratorio los vio
entrelazados y sudorosos
hasta quedarse dormidos
como dos animales
en medio de la selva.
Al amanecer,
el marido tomó los
pedazos de felicidad
que estaban por todos lados,
llenó sus bolsillos
y regresó contento
a casa.

JC/Marzo 2016


06 agosto 2015

MORS OMNIA AEQUAT



Debe resultar agradable morir mientras uno duerme.
Morir en un sueño profundo, sin sobresaltos,
con el cuerpo quieto y relajado,
sin personas corriendo alrededor,
nadie gritando o alterando al resto de familiares.
Por la mañana te encontrarán inmóvil
y los niños de la casa creerán que aún duermes.
Todos te verán dormido pero estarás muerto,
y quizás eso sea menos doloroso.
Murió mientras dormía, dirán en el noticiero.

En el velorio también tendrás esa apariencia
de dormir con tus manos entrelazadas,
todos pasarán a verte mientras duermes el sueño eterno.
Las señoras dirán: ¡Mira, parece que está dormido!
Algunos se atreverán a tocarte para ver si abres los ojos,
otros te pellizcarán pensando que les haces una broma.
También habrá quien pida silencio para que no despiertes.

Cuando te lleven a tu última morada
entrarás dormido, dispuesto a quedarte ahí.
Vas calmado, sin contratiempos, sin apuro,
muy resignado a tu destino.
Escucharás feliz los discursos,
las palabras bonitas que dicen de los muertos.
Mientras todos se retiran murmurando cosas de ti,
tú te vas adaptando a ese pequeño hábitat,
a ese ataúd acolchonado y terso como tu cama.
Y cuando al fin se marche el último de tus amigos,
disfrutarás con tu mejor sonrisa
el olor de los crisantemos
en la apacible tranquilidad del cementerio.

Juan Centeno
León/agosto/2015

05 agosto 2015

LA BENDICIÓN DE JUAN PABLO II




Aquel día soleado el poeta Fernando Núñez hizo los aliños pertinentes para cumplir su cometido. La plaza central de León estaba árida y un viento cálido movía las ramas de los árboles a la espera de la visita de los devotos del santísimo. Era jueves 3 de Marzo de 1983, el poeta Núñez preparó pinolillo y un poco de tortilla con cuajada y se dirigió a la catedral. Tenía entonces 42 años y se había propuesto ver al Papa Juan Pablo II en su visita a León al día siguiente. Entró a la iglesia y estuvo confundido entre los feligreses por varias horas esperando que cayera la noche para buscar su escondite. Antes que cerraran las pesadas puertas de la catedral, tuvo la oportunidad de ocultarse detrás del altar mayor, ahí permaneció hasta que todo fue silencio. Después de cenar acomodó sus papeles que siempre carga e improvisando una almohada se quedó dormido rodeado de ángeles y querubines.

El bullicio de la mañana lo despertó. Tomó sus cosas y esperó el momento indicado para salir de su escondite. El Papa había llegado a León en helicóptero desde Managua y estaba por entrar a la catedral. El Vicario General de la Diócesis de León era el sacerdote Marcelino Areas, quien al parecer había permitido la entrada a varias familias adineradas de la ciudad. El padre Areas bastante recordado en León estaba por supuesto en la comitiva que acompañaba a Su Santidad. La gente fue entrando poco a poco entre las altas medidas de seguridad de quienes cuidaban las espaldas al prelado. El Papa entró a la iglesia y avanzó hasta el altar mayor. El poeta Núñez, quien ya estaba entre el público, tomó una posición muy estratégica para poderse acercar lo más posible. Todos querían tocarlo o al menos verlo muy cerca. Entre estos, el pintor Pascual Rojas quien se arrodilló ante el papa al momento que pasó por donde se encontraba, lo que activó el sistema de seguridad y por poco le caen encima los custodios, ya que para esa época Su Santidad había sobrevivido a varios atentados.

El Papa siguió avanzando hasta llegar al altar mayor, en ese momento el poeta Núñez se acerca hasta él y se inclina con una sola rodilla en un gesto que llamó la atención al pontífice. “Él me quedó mirando con una sonrisa seca” – cuenta emocionado el poeta Núñez – “y acto seguido procedió a darme la bendición papal.”

El plan del poeta había dado los resultados esperados. Juan Pablo II se quitó el solideo y se arrodilló frente al altar mayor. Luego la comitiva se retiró pues el Papa debía oficiar misa en el campus universitario al sur de León. El poeta Fernando Núñez se retiró con una gran satisfacción, con un brillo especial en sus ojos diminutos, y según el mismo cuenta “con la animadversión eterna del vicario” por haber recibido la bendición de Juan Pablo II.

Contado por el Poeta Fernando Núñez a Juan Centeno
Sacuanjoche/León/02-08-2015 

   

22 septiembre 2014

DEPRESION



Llega sin avisar
vestida de mujer
alta y desnuda.
Se acerca despacio
y besa mis labios
para seducirme.
La siento dentro de mí,
recorre todos mis espacios
amándome…
y en el momento
en que me olvido del mundo
me clava dulcemente
sus dos largos afilados cuchillos
en mi espalda.

JC/León/Sept/2014




21 septiembre 2014

El último blues

                                                 a T.M 

La amó tanto,
le hizo versos y canciones,
le bajó la luna,
se amaron bajo el arrullo
de las olas,
el sol besó sus cuerpos
llenos de sal y pasión.
Un día le dijo al oído
que nunca podría vivir sin ella.
Y cuando ella se marchó
él cantó su último blues al atardecer.
Entonces ella se dio cuenta
que él decía la verdad
cuando le avisaron sobre la tragedia
y lo vio colgado,
moviéndose lentamente al vaivén
de la brisa de aquella fresca mañana.

JCenteno/León/Sept/2014.


30 mayo 2014

La Esposa


La esposa ya no quiere sus besos,
ni sus caricias,
ni las frases amorosas a diario.
Quiere que él repare el techo,
que arregle la licuadora,
y que ponga un clavo en la pared
donde ella pueda colgar su corazón.

JCenteno

Mayo/ 2014

17 mayo 2014

Poema sin nombre ni número.

Ya no soy el cantor que solía ser.
Aquel con flores en el pelo que se plantaba
en las esquinas con su guitarra y un pañuelo con bicarbonato.
¿Se acabaron los sueños?
He cambiado el arrojo de otros tiempos
por una placentera tarde frente al televisor.
La casa, los hijos, la bondad del fin de semana
son grilletes que callan mi guitarra
con una bandera apretando la garganta.
Por eso mi amor, hoy sólo te ofrezco mi sonrisa,
la sonrisa de los grandes teatros
donde canto… para no llorar.

Ya no soy el poeta que solía ser.
El flaco de bigotes que te regalaba versos
en el papel plateado de las cajas de cigarrillos.
El que le gritó a la guardia y corrió huyendo por los patios…
El de las manos torturadas que te escribía versos
temblorosos en la casa clandestina.
Mis versos se han vuelto contra mí,
y a duras penas la nostalgia apura el último trago,
para que yo cuente las historias de héroes que nunca conocí.
Me cuesta ahora escribirte versos de amor,
hoy que el amor tiene otro significado,
hoy que tu rostro se cae a pedazos
y una gran cicatriz te abre el corazón.
A los principios les llegó el final
y ya no puedo huir por este patio,
porque ahora aquí descanso por las tardes,
viendo el aleteo de las mariposas,
o leyendo los poemas de Leonel Rugama
mientras mi nieto se mece en el columpio
y las hormigas en fila cargan su alimento.

Ya no soy el cantor que solía ser.
Ya no soy el poeta que solía ser.
¿Me perdonarás algún día Nicaragua?

 JC Mayo/2014.

21 mayo 2013

Doña Elena


Era abril por la tarde. El oficial abrió la puerta del cuarto y le puso las esposas al condenado. Afuera el pelotón de fusilamiento se inquietaba. ¿Estás listo poetá? - le dijo. El hombre tenía la cara desfigurada a golpes… no pudo responder. Dos días atrás, había disparado a la cabeza del presidente de la república. Todo el país estaba trastornado. No había información oficial si el señor presidente vivía o si ya estaba muerto. Solamente había rumores de que lo habían sacado al extranjero y que el autor de los disparos sería fusilado, sin juicio, sin oportunidad de defensa y en algún sitio privado. ¿Estás listo poetá?  - repitió -, el hombre dijo que sí con la cabeza. Caminaron hasta el patio de la casa. Había un jardín con muchas flores y la hierba crecía bien cuidada. Lo ubicaron en una silla de espaldas al muro que rodeaba la mansión. Rechazó ser vendado.

El oficial a cargo de la ejecución se acercó al condenado, y en un gesto de condescendencia, como se hace en estos casos, preguntó:

-      ¿Su último deseo poetá?

Ambos se conocían pues habían compartido las mieles del poder en tiempos pasados. Ahora estaban frente a frente ante una jugada rara del destino. El poeta balbuceó: “Quiero… quiero ver a… Doña Elena… desnuda… sobre la hierba.” La petición tomó a todos por sorpresa. ¿Doña Elena? Un equipo de inteligencia logró ubicar a la mujer. Dos oficiales de alto rango la fueron a buscar.

Doña Elena les abrió la puerta intrigada por aquella inusual visita. Salió en bata de dormir. Eran las tres de la tarde y lucía somnolienta. Terminó de despertarse cuando los uniformados le notificaron el motivo de la visita. ¡Debo ir! – razonó de inmediato y subió a cambiarse. Cuando regresó, cinco minutos después, vio a los militares que observaban el montón de bolsas sobre la mesita de sala. ¡Es ajo! – les dijo apresurada. ¡Voy a enterrarlo en el patio para ahuyentar a las culebras!

En el trayecto le cubrieron los ojos. Al llegar pasaron directo al lugar donde todos esperaban. Le quitaron la venda y pudo ver el escenario: El condenado, el pelotón de fusilamiento, el alcalde, el jefe de la policía, el canciller, el jefe de las fuerzas armadas, dos hijos del presidente, dos embajadores y una decena de militares. 

Exploró con sus ojos el sitio exacto para echarse sobre la hierba. Se quitó los zapatos y fue descubriendo su cuerpo de mármol ante las miradas curiosas que se clavaron sin clemencia por toda su anatomía. El vestido negro con puntos blancos cayó a sus pies. No traía nada debajo. Con la natural sensualidad que siempre la acompañaba se fue acomodando. Cada hoja de hierba iba besando su piel blanca mientras se acostaba. Sintió las hojas ceder a sus espaldas, en sus caderas, a sus pies. Sus movimientos duraban ya una eternidad en que cada pupila seguía la más mínima inclinación de ese monumento horizontal. Cuando estuvo lista, giró su cabeza y vio los ojos del condenado, quien a través de una sonrisa imposible quería agradecer tan noble gesto.

Doña Elena respiró profundo, su cuerpo desnudo parecía una pintura del renacimiento. Estaba resplandeciente, justo entre los soldados y el condenado a muerte. Las balas pasarían cortando el aire por arriba de su humanidad hacia el pecho de aquel hombre que tenía al país convulsionado.

¿Apuntarían bien esos siete soldados teniendo por delante el cuerpo desnudo de tan bella mujer?

¡Preparen! –se oyó la voz del oficial.

¡Apunten! – el silencio era absoluto.

Doña Elena cerró los ojos… la pausa fue más larga.
¡Fuego! – Se escuchó una sola detonación saliendo de la boca de los fusiles.

Pasaron varios segundos hasta que Doña Elena abrió los ojos. Lo primero que vio fue la silla vacía junto a la pared y a los soldados del pelotón de fusilamiento tirados sobre la hierba. Los observadores también yacían inmóviles, caídos sobre el corredor. Otros, sobre los adornos de cemento. Algunos sobre las plantas del jardín. Se incorporó y se puso el vestido, agarró los zapatos y en puntillas atravesó la estancia procurando no pisar a nadie. Camino a la puerta principal encontró más cuerpos tirados, entre ellos, una empleada con su bandeja de plata y bocadillos esparcidos por el piso. Antes de llegar a la entrada se topó con una enorme fotografía del presidente, al pasar le susurró: “Hasta la vista baby” y continuó. Cuando llegó al portón observó al vigilante doblado sobre un equipo de radio que rasgaba los oídos con su estática. Afuera el tránsito era normal. Quiso alejarse de prisa, por lo que siguió caminando descalza. Llegó hasta un parque solitario, se sentó en el borde de una fuente y se puso los zapatos. En ese instante se percató que nadie le había mencionado el nombre del poeta ejecutado. Pudo ser alguien conocido, - pensó. Se puso de pie. Se ajustó el vestido, se arregló el cabello, lanzó a la fuente las últimas cabezas de ajo que le quedaban y levantando su mano derecha gritó: ¡Taxi!

Un sol rojizo y tenue la vio alejarse con una sonrisa maliciosa aquella tormentosa y cálida tarde de abril.

Juan Centeno
León, Mayo/2013