01 diciembre 2010

Maté a un hombre

La mañana del domingo el tipo encendió su computadora, entró al facebook y escribió en su muro "maté a un hombre". Apagó luego la máquina y salió de su casa. No lo volvieron a ver. La alarma fue general entre los amigos de su lista cuando leyeron lo que había escrito. Le telefonearon, lo buscaron por todos lados y nada. Pensaron que había huido después de cometer el crimen. Pasaron los días, las semanas... y el mensaje seguía ahí en su muro, como un escrito en piedra. Mientras tanto, su cadáver empezaba a fragmentarse a merced de los peces, asido de la gran roca que sujetaba sus pies, mecido por las tranquilas aguas que pasan bajo el puente donde una tarde él le había jurado amor eterno.

JC

20 septiembre 2010

JOSE CHEPITO AREAS, UNA CELEBRIDAD LEONESA.

por Juan Centeno

José Areas Dávila nació en León de Nicaragua el 25 de Julio de 1946. Creció en el vecindario de las cercanías del Teatro José de la Cruz Mena. Desde pequeño llamaron su atención los instrumentos musicales, principalmente los de percusión. Empezó tocando los tambores cuando su tía, Doña Chila Urbina, sacaba en procesión a San Jerónimo allá por los años cincuenta. Entre sus primeras experiencias profesionales está haber tocado en varias ocasiones con la orquesta de Don Julio Espinoza, tenía 12 años para entonces. Otra de sus recordadas participaciones fue en el Show del Mediodía de El Dinámico Rubí, programa que se transmitía desde la capital.

En 1965, igual a como han hecho tantos músicos de provincia y con sólo 19 años, se traslada a los Estados Unidos para ampliar sus horizontes musicales. Se radica en San José, California y pasa un año sin lograr incorporarse a ninguna agrupación. Finalmente consigue entrar a The Alliens, donde se encarga de la percusión, dándole a este grupo un especial sabor latino. Fue a través de este grupo que Chepito Areas empezó a llamar la atención. Un buen día, un joven flaco y con muchos sueños fue a verlo tocar por recomendación de unos amigos. Era Carlos Santana, quien para entonces tenía una banda llamada Santana Blues Band. Santana quedó sorprendido de la energía de aquel chaparrito que hacía vibrar los timbales y encendía a la concurrencia. Muchos de los asistentes llegaron a creer que este muchacho era cubano o puertorriqueño, confusión que Chepito aclaraba con orgullo pinolero. Ese primer encuentro con Santana fue definitorio para el futuro musical de nuestro coterráneo. En Agosto del 69, sin tener aún disco grabado, Santana hace su aparición en el legendario Festival de Woodstock. Al año siguiente nos llegó el filme de Michael Wadleigh donde vimos al único nicaragüense, con su camisa roja manga larga, de pie en el escenario tocando los timbales con la agrupación ahora simplemente llamada Santana, interpretando la inolvidable Soul Sacrifice. Así empezó la historia.

Muchos discos vinieron después, donde la influencia de Chepito Areas era notoria. De todos ellos fue Abraxas (Octubre 1970) el que más refleja el sello del Latin Rock impuesto por el leonés quien en esta época se convertiría en una celebridad. Al respecto, Simon Leng señala en su libro Soul Sacrifice, the Santana Story (FireFly Publishing, 2000) en la página 45 que “el miembro clave de la banda en este momento fue Chepito Areas quien de muchas maneras fue el responsable del sonido de Abraxas”. Más adelante nos cuenta de la afición del nica por las damas, de las muchas veces que se iba y regresaba a la banda y de los líos que surgieron alrededor del manejo de los ingresos económicos de los músicos. La retirada de Chepito Areas de esta súper banda está registrada en 1988. Se conocen a partir de entonces incursiones o participaciones con otros músicos, así tenemos el apoyo brindado a su compatriota Alfonso Noel Lovo, la aparición en conciertos con Miles Davis o colaboraciones con Herbie Hancock, Eddie Palmieri y el clásico Dave Brubeck. Uno de sus últimos proyectos realizados fue la grabación del disco Abraxas Pool (1997) junto con sus antiguos compañeros de la banda original, exceptuando a Carlos Santana. Un año después de la salida de este disco, Chepito fue incorporado al Salón de la Fama del Rock and Roll (1998) junto a todos los miembros del grupo Santana. Así se escribió la historia.

¿Qué hace ahora Chepito Areas?

José Areas Dávila, quien omitió su segundo nombre pues afirma que no le gusta, viaja con mucha frecuencia a Nicaragua, donde pasa largas temporadas, luego regresa a California a atender sus asuntos, y a ver a sus hijos y diecisiete nietos que residen allá. Cuando está en León, se le puede ver en su viejo vecindario. Cada tarde sale, vestido impecablemente con su larga camisa floreada, de las que debe tener centenares. Usa una cola en su oscuro cabello y muestra anillos y pulseras artesanales que mantienen su imagen de músico de los 70. Recorre la calle donde está su casa, la misma calle del teatro municipal José de la Cruz Mena hacia el sur. Los vecinos le saludan con cariño y él responde amablemente esas muestras de simpatía, al fin y al cabo es toda una celebridad. Camina tranquilo sin la amenaza de los paparazis. Entre las personas que lo saludan, muchos saben únicamente que se trata de un personaje famoso que ha llegado al barrio y a quien descubren hasta hoy. Otros conocen su historia ligada a Carlos Santana y le dan un reconocimiento sincero y efusivo. Le gusta rodearse de mujeres bellas, extranjeras en su mayoría, a quienes narra las anécdotas de la farándula norteamericana desde un pasado reciente donde parece haber quedado atrapado sin remedio. Habla de sus hazañas musicales, de sus viejos amigos, todos leyendas del rock, soul, jazz y por supuesto de su género favorito el Latin Rock. Chepito habla de muchas cosas, pero sus intimidades sólo las ventila a sus amigos de confianza, y para eso él tiene un refugio especial cerca de su casa, se trata de Las Antillas, un modesto y pequeño bar sopero donde él mismo, hace varias décadas, llevó algunos discos de acetato para incorporarlos a la vieja roconola. A este bar llegábamos los ex hippies leoneses a escuchar las clásicas “Oye como va”, “Evil ways”, “Soul sacrifice” y otras magistrales interpretaciones de Santana, orgullosos de saber que quien sonaba los cueros era nuestro compatriota. A este mismo lugar vuelve, 30 años después y ahora de forma rutinaria, nuestro Chepito Areas. Cada vez que hace su entrada se hace notar. Todos lo saludan. Acostumbra ubicarse cerca de la nueva roconola, provista de software y de muchos videos, siendo “Black magic woman” uno de los favoritos, más aún, si está presente el gran timbalero.

A Las Antillas llegamos una hermandad de asiduos visitantes, a los cuales ahora se nos ha unido una celebridad, José Chepito Areas, quien ha convertido este sitio en su bar oficial. La primera vez que me lo encontré estaba acompañado de varios amigos, la mayoría jóvenes que no logran entender la trascendencia de este músico. Yo escuchaba atento en una mesa cercana hasta que decidí lanzarle una pregunta que se le clavó como un dardo en el corazón: “¿Chepito, donde se encuentra la camisa roja que llevabas cuando tocaste en Woodstock? Sorprendido, dijo a sus amigos ¡Este si sabe! Luego hablamos de Greg Rollie, David Brown, Carabello y otros miembros de su antigua banda.

Siempre está asomándose a la ventana para lanzar un piropo a las chicas que pasan por la acera del frente. También es notorio verlo salir apurado cuando ve pasar al cieguito que cada tarde recorre su calle. El viejito recibe con alegría el donativo y en medio de su oscuridad sólo sabe que su benefactor se llama Chepito, quien regresa a la mesa y nos cuenta riéndose que recién llegado a León en una confusión le dio al cieguito un billete de doscientos córdobas en lugar de los veinte que suele darle.

En ciertas ocasiones se pone sentimental y cuando lo atacan los recuerdos su respiración se vuelve entrecortada, deja escapar un sollozo y apura un trago de ron. Asegura estar con problemas de salud que se alivian con el elixir de Baco. Habla con resentimiento de sus malas relaciones con Carlos Santana y finaliza afirmando con la arrogancia que caracteriza a los famosos, que continua siendo el mejor timbalero del mundo. José, el joven bartender quien lleva su mismo nombre, lo interrumpe con extrema confianza para preguntarle cuantas monedas necesita para la roconola. Chepito responde con una broma que pone en duda la virilidad del muchacho, quien le sigue el juego con adjetivos fuertes. Al final todos ríen mientras al centro de la algarabía el histórico timbalero disfruta la compañía de esta gente sincera donde muchos apenas empiezan a conocerle. Entre trago y trago nos cuenta que viajó desde San Francisco pues ha sido invitado por alguien de la ciudad a develizar un monumento en su honor… a recibir un pergamino… algún día… en algún lugar. Bruscamente detiene su relato pues la roconola suena los primeros acordes de Black magic woman. El monitor muestra el video donde se observa a la banda original de Santana. El bar se alborota y todos dirigen la mirada hacia la roconola. Chepito va siguiendo la melodía con golpes que da en el borde de la mesa y se adelanta a explicar los detalles de la filmación. Los golpes en la mesa están increíblemente sincronizados con la melodía que inunda Las Antillas. Dos turistas extranjeros se levantan de su mesa para ver mejor. Chepito les indica que el timbalero del video es él mismo y repica sus manos en la mesa. Este es un momento mágico donde los asistentes del bar toman conciencia de estar ante la presencia real del músico que aparece en la pantalla, de verlo metido en la melodía de hace 40 años, de tenerlo allí de carne y hueso, poder darle la mano, pedirle un autógrafo, oír su historia, tocarlo… La melodía está por terminar, el video muestra su última toma, donde nuestro héroe del Salón de la Fama hace estremecer los cueros para dar el punto final a una canción de antología. El público irrumpe en aplausos. La gente se levanta y lo saluda. Saludan a nuestra celebridad leonesa, el timbalero de Woodstock que cada tarde con su camisa floreada sale de su casa. Se para en la puerta y mira al cielo donde un coro de ángeles mestizos le canta:

¡VAMOS CHEPITO QUE LA RUMBA YA VA A EMPEZAR!

(JuanCenteno)

Mayo 6-2010


30 agosto 2010

De paso en Tegucigalpa.

Cada vez que viajo a Honduras y me toca dormir en Tegucigalpa, acostumbro ir a cenar a un lugar abierto donde sirven un buen asado y cervezas. La cocina está en la acera y muchos vehículos paran con el fin de llevarse un asado sin que nadie tenga que bajar del auto. Siempre hay mucho movimiento. Un buen día que estaba en ese lugar empecé a fijarme en el personal de aquel negocio. Había un muchacho fornido de sonrisa socarrona al estilo Elvis, se encargaba de poner la carne sobre el fuego e ir sacando la que estaba lista, tenía una destreza particular, además llevaba una camiseta ajustada que le resaltaba los bíceps, en uno de ellos se asomaba el tatuaje de un dragón. Frente a la caja registradora estaba una mujer que casi rayaba los cuarenta, sobriamente arreglada para estar en esos menesteres, lucía un cuerpo delgado que aún lograba arrancar suspiros masculinos. Me llamó la atención las miradas entre Elvis y la señora, había un lenguaje sensual que fluía entre ambos, una mirada, una sonrisa, y la carne que se retorcía entre las brasas. Eran señales clandestinas que ellos mismos habían creado desde hacía tiempo, o al menos eso me estaba imaginando yo. Del fondo apareció otro personaje, era un viejo setentón que me recordaba a Woody Allen. Llegó despacio y se acercó a la mujer, le dijo algo al oído. Algún reclamo, pensaba yo. Luego fue a hacer una ronda entre los clientes que degustaban los asados, posiblemente queriendo averiguar si estaban siendo bien atendidos. El viejo Woody volvió a donde estaba la mujer en la caja y le dijo algo más mientras apuntaba al muchacho que movía las carnes. Regresó entonces al interior del negocio. Las miradas sensuales bajaron de intensidad. Yo empecé a creer que estaba en lo cierto. Deben ser amantes y el viejo sospecha algo. Como ya había terminado de comer pedí la última cerveza y la cuenta. Me alejé del lugar.

Mientras regresaba al hotel me prometía a mi mismo que debía escribir un relato sobre lo que había percibido esa noche. Al día siguiente mientras viajaba a Nicaragua, fui elaborando la estructura del relato, hasta escribí unas notas al reverso del boleto y lo guardé en mi cartera.

El tiempo fue pasando y nunca retomé mi promesa de escribir aquella historia. Quizá porque debía agregar algún argumento que no existía o porque a lo que tenía hasta ahora le faltaba una trama y un desenlace. Había pasado más de un año cuando regresé a Tegucigalpa. No podía desaprovechar esa oportunidad para saborear de nuevo aquel maravilloso asado y me dirigí con el mismo entusiasmo al sitio. Fui a sentarme a la mesa de costumbre. En ese momento recordé que había dejado aquella historia por escribir en el olvido. Busqué con la vista a los personajes de mi relato. Elvis no estaba, en su lugar otro muchacho acomodaba los trozos de carne. Que habrá pasado pensé. Antes de adelantar alguna hipótesis me percaté que el viejo Woody tampoco se encontraba. Mi mente empezó a trabajar en varias direcciones. Fue entonces que observé algo que me dejó perplejo. La mujer elegante, siempre al pie de la caja, vestía un traje de negro. Apuré el resto de la cerveza de un solo trago. Seguí pensando en todas las probabilidades de lo que allí hubiera ocurrido. Pedí otra cerveza y puse todas las hipótesis sobre la mesa. Después de un rato, no me resultó agradable estar forzando todas las posibles ideas de lo que más tarde podría escribir como el final de este relato. Pedí la cuenta y me fui al hotel con la seguridad de saber que jamás me daría cuenta que ocurrió realmente en esta historia.

Juan Centeno/Tegucigalpa/Agosto 2010.

11 agosto 2010

Consejos para enamorar a una feminista

Llévale rosas el 8 de Marzo

y grita las consignas con ella

mientras avanza la marcha.

Acaricia su espalda con delicadeza y curiosidad,

y pregúntale como hace

para esconder sus alas entre la blusa.

No la abrumes con llamadas o mensajes,

pero hazle saber que en la distancia

te falta el aire que ella respira…

Dile que a pesar de todas las diferencias,

al final hay dos bocas

que quieren juntarse desesperadamente.

Aprende a amar las cosas que la rodean,

su espacio, su aire, su instante más sensible,

su rabia, su bandera, sus ángulos y orillas, sus imperfecciones…

pero sobre todo, a la mujer libre

que habita en ese cuerpo de mujer.

Y para terminar,

mírala profundamente hasta el interior de sus ojos…

es allí, donde guarda todos sus secretos.

Juan Centeno/Agosto/2010.

02 julio 2010

CADA VEZ QUE ME ESCRIBE LA GIOCONDA

Al principio, cuando empezaba a utilizar Facebook, me costaba entender el funcionamiento de todo el conjunto de herramientas que posee. Era un ambiente nuevo para mí y poco a poco me fui familiarizando. Tuve la oportunidad de encontrarme con mucha gente interesante que en la distancia te aceptan como amigo, no sé si lo harían en otras circunstancias. Entre estas personas apareció Gioconda Belli, sonriendo desde su foto cual leona salvaje, con esa expresión a veces enigmática como la otra Gioconda, la de Da Vinci. Un buen día me atreví a solicitarle su “amistad” como parte de esta gran comunidad cibernética, luego me dispuse a esperar para ver si obtenía la anhelada aceptación. Días después vino la respuesta. La solicitud de amistad había sido aceptada, ya era su amigo. Comencé a disfrutar ese nuevo estatus que había adquirido. Leía sobre sus viajes, presentaciones, comentarios de sus fans y todo tipo de cosas aparecidas en Facebook. Una noche mientras revisaba el correo me topé con un nuevo mensaje que tenía de asunto lo siguiente: “Gioconda Belli te envió un mensaje en Facebook” ¡ tremendo susto el mío ! Vaya, un mensaje de la poeta. Muchos pensamientos cruzaron por mi mente mientras accionaba el mouse para abrir con un simple click aquel inesperado mensaje. Cuando apareció el texto observé que se trataba de otra persona quien maneja un club de amigos de la poeta. El contenido era una invitación enviada, creo yo, a miles de personas donde se informaba sobre una actividad cultural donde la Gioconda (ahora como ya era mi amiga la llamaba con esa confianza) presentaría su última novela. Después de aquel desencanto, poco a poco fui superando la emoción inicial hasta que mi corazón volvió a su ritmo acostumbrado. Pasaron los días y otra vez: “Gioconda Belli te envió un mensaje en Facebook” y de nuevo la emoción de la primera vez, luego lo mismo, esta vez la poeta iba a Washington a otra actividad. Luego la desaceleración del corazón y a seguir revisando otros mensajes. Mucho tiempo ha pasado desde entonces y ahora tengo más amigos en Facebook, conozco mejor sus utilidades, he descubierto a artistas desconocidos y muy talentosos con quienes chateo (que fea palabra) muy a menudo, he visto como todos se expresan de alguna manera sobre distintas cosas y… en fin, me siento satisfecho de estar en esta gran comunidad o red social como le llaman. No obstante, ahora cada vez que me escribe la Gioconda, ya no siento la misma emoción… como la primera vez.

Juan Centeno

Feb/2010.

16 abril 2010

La decisión (minicuento)


Era un ratón viejo y solitario vagabundeando por el gran almacén. Ya sólo él quedaba. La soledad lo iba deprimiendo poco a poco. Se acercó hasta la trampa y de un salto activó la ratonera. El vigilante oyó el ruido seco del artefacto... y continuó tomando su café.

Juan Centeno
León/abril 14 de 2010