30 agosto 2010

De paso en Tegucigalpa.

Cada vez que viajo a Honduras y me toca dormir en Tegucigalpa, acostumbro ir a cenar a un lugar abierto donde sirven un buen asado y cervezas. La cocina está en la acera y muchos vehículos paran con el fin de llevarse un asado sin que nadie tenga que bajar del auto. Siempre hay mucho movimiento. Un buen día que estaba en ese lugar empecé a fijarme en el personal de aquel negocio. Había un muchacho fornido de sonrisa socarrona al estilo Elvis, se encargaba de poner la carne sobre el fuego e ir sacando la que estaba lista, tenía una destreza particular, además llevaba una camiseta ajustada que le resaltaba los bíceps, en uno de ellos se asomaba el tatuaje de un dragón. Frente a la caja registradora estaba una mujer que casi rayaba los cuarenta, sobriamente arreglada para estar en esos menesteres, lucía un cuerpo delgado que aún lograba arrancar suspiros masculinos. Me llamó la atención las miradas entre Elvis y la señora, había un lenguaje sensual que fluía entre ambos, una mirada, una sonrisa, y la carne que se retorcía entre las brasas. Eran señales clandestinas que ellos mismos habían creado desde hacía tiempo, o al menos eso me estaba imaginando yo. Del fondo apareció otro personaje, era un viejo setentón que me recordaba a Woody Allen. Llegó despacio y se acercó a la mujer, le dijo algo al oído. Algún reclamo, pensaba yo. Luego fue a hacer una ronda entre los clientes que degustaban los asados, posiblemente queriendo averiguar si estaban siendo bien atendidos. El viejo Woody volvió a donde estaba la mujer en la caja y le dijo algo más mientras apuntaba al muchacho que movía las carnes. Regresó entonces al interior del negocio. Las miradas sensuales bajaron de intensidad. Yo empecé a creer que estaba en lo cierto. Deben ser amantes y el viejo sospecha algo. Como ya había terminado de comer pedí la última cerveza y la cuenta. Me alejé del lugar.

Mientras regresaba al hotel me prometía a mi mismo que debía escribir un relato sobre lo que había percibido esa noche. Al día siguiente mientras viajaba a Nicaragua, fui elaborando la estructura del relato, hasta escribí unas notas al reverso del boleto y lo guardé en mi cartera.

El tiempo fue pasando y nunca retomé mi promesa de escribir aquella historia. Quizá porque debía agregar algún argumento que no existía o porque a lo que tenía hasta ahora le faltaba una trama y un desenlace. Había pasado más de un año cuando regresé a Tegucigalpa. No podía desaprovechar esa oportunidad para saborear de nuevo aquel maravilloso asado y me dirigí con el mismo entusiasmo al sitio. Fui a sentarme a la mesa de costumbre. En ese momento recordé que había dejado aquella historia por escribir en el olvido. Busqué con la vista a los personajes de mi relato. Elvis no estaba, en su lugar otro muchacho acomodaba los trozos de carne. Que habrá pasado pensé. Antes de adelantar alguna hipótesis me percaté que el viejo Woody tampoco se encontraba. Mi mente empezó a trabajar en varias direcciones. Fue entonces que observé algo que me dejó perplejo. La mujer elegante, siempre al pie de la caja, vestía un traje de negro. Apuré el resto de la cerveza de un solo trago. Seguí pensando en todas las probabilidades de lo que allí hubiera ocurrido. Pedí otra cerveza y puse todas las hipótesis sobre la mesa. Después de un rato, no me resultó agradable estar forzando todas las posibles ideas de lo que más tarde podría escribir como el final de este relato. Pedí la cuenta y me fui al hotel con la seguridad de saber que jamás me daría cuenta que ocurrió realmente en esta historia.

Juan Centeno/Tegucigalpa/Agosto 2010.

2 comentarios:

Anónimo dijo...
Este comentario ha sido eliminado por un administrador del blog.
Anónimo dijo...

Il semble que vous soyez un expert dans ce domaine, vos remarques sont tres interessantes, merci.

- Daniel