12 abril 2011

LOS DOS LIBROS DE NERUDA

En mis tiempos de estudiante universitario, en cierta ocasión, empujado por la crisis económica que suele acompañar a los universitarios, me atreví a robar algún buen libro de poesía del supermercado. Obviamente, la idea surgía en el momento, sin plan, sin mucha premeditación, como aquel día que entré a buscar unos jeans y me topé en la sección de libros con dos obras de Neruda: Cantos ceremoniales y Cien sonetos de amor. Después de una rápida lectura al azar tomé la decisión. Ahora faltaba elaborar el método de extracción de los libros fuera del local. A esas alturas tenía colocado sobre mi hombro los jeans que buscaba. Tomé los libros del estante y me dirigí al vestidor. Puse los libros en el piso y procedí a confirmar si la pieza era de mi talla. El plan era simple: Meter los libros por dentro de la camisa y pasar por la caja, pagar el pantalón y salir. Mientras me probaba los jeans frente al espejo, pensé que podrían estar viéndome del otro lado, como en las películas, así que procuré hacer la operación de espaldas al mismo. Debía considerar todos los detalles a pesar que en los años setenta no había cámaras ni sensores en las etiquetas. Me fui directo a la caja. Había una fila como de diez personas. Sentía que avanzaba lentamente, mi corazón se aceleraba cuando se acortaba la distancia. Para más tensión, vi a un empleado que se acercó a la cajera y le dijo algo al oído. La mujer volteó a verme y continuó con su rutina. Entonces alguien puso su mano en mi hombro. ¡Qué susto! Era un joven que iba detrás de mí y quería saber el precio de los jeans. Empecé a sudar. Por fin llegué a la caja y coloqué la prenda de vestir en el mostrador. La mujer me miró a los ojos y balbuceó el precio. Yo puse los billetes uno a uno en sus manos… me dio el cambio y salí raudo del supermercado. Me alejaba viendo si detrás de mí venían los vigilantes. Caminé y caminé… reprimiendo el deseo de correr hasta llegar a la universidad. Entré a los servicios higiénicos y me encerré a contemplar aquellas dos obras literarias. Lo había logrado. Puse los libros en la bolsa donde iban los jeans y me dirigí a casa.

Un mes más tarde llegó la semana santa y unos amigos de Nagarote me invitaron a vacacionar en “El Tránsito”. Fueron días muy agitados y placenteros, como aquel martes santo en que nos dimos a la tarea de buscar las mejores piernas de la playa. Hicimos varios recorridos hasta que por fin nos pusimos de acuerdo, la ganadora era Norma, una chica de ojos amarillos y unas piernas descomunales. No sabíamos que otorgarle de premio. Mis amigos me escogieron para ser el vocero del grupo y notificarle a Norma que había resultado ganadora de un concurso que habíamos inventado ese mismo día. Nos acercamos, mis cuatro amigos y yo. En mi cabeza iba hilvanando el discurso. Norma recibió con sorpresa y entre risas la noticia de haber sido la ganadora. Cuando preguntó por el premio todos nos volteamos a ver, entonces yo introduje la mano en mi mochila y lo único que encontré fueron las dos obras de Neruda. Uno de los libros podría ser el premio, pero … ¿Cuál? Opté por entregarle los “Cien sonetos de amor”. La premiación fue con todo el protocolo de los concursos. Ella agradeció al jurado apretando emocionada contra su pecho la cara de Pablo Neruda. Nos alejamos haciendo todo tipo de comentarios mientras las olas acariciaban nuestros pies llenos de arena. Por eso, cada vez que veo a una mujer leyendo en la playa, me acuerdo de Norma y me parece que es ella, leyendo los versos robados en el supermercado.

Juan Centeno

Semana Santa/2011



07 abril 2011

Fragmento de "José de la Cruz Mena, su vida y su obra" de Edgardo Buitrago




A la par de estos poetas de renombre que daban sus poemas al compositor para letra de sus canciones, figuraba una serie de poetas de menor cuantía, (versificadores mejor dicho) que también construían sus estrofas para ser cantadas, bien por simple complacencia de sus espíritus o bien para ofrecer la canción a alguien que pudiera recompensarla en beneficio del maestro y de ellos mismos. Entre tales señala el escritor don Gratus Halftermeyer a Ramón Reyes alias "El Cumbo" de quien relata una impresionante anécdota que reproducimos íntegramente a continuación:

"A la vivienda del compositor, - dice - llegaba a menudo un poeta bohemio, Ramón Reyes, conocido por el remoquete "El Cumbo". Era inválido de ambas piernas a consecuencia de un balazo y se hacía conducir montado en un escuálido jamelgo.El compositor y el poeta pasaban en alegre camaradería las horas tristes de sus vidas inválidas, cubriendo ficticiamente sus penas con el peplo de los nepentes que de antemano El Cumbo llevaba en una botella. El poeta escribía algún verso. Mena se encargaba de la música. Y de aquella miserable estancia, en un ambiente solitario, nacían las notas tristes de una hermosa canción que decía de dolor y de alma"

"Una noche, - continúa diciendo el señor Halftermeyer -, El Cumbo se quedó a dormir en casa del músico. Las libaciones habían sido extremas. En la madrugada ambos se despertaron. Tenían sed. Buscaron en los cacharos el agua apreciada y no hallaron ni una gota. El río murmuraba a treinta pasos de distancia; pero ¿cómo llegar a él? Mena era ciego, pero tenía buenas sus piernas. Reyes tenía vista, pero inútil sus muslos".

"Mena, -termina refiriendo el escritor- , díjole entonces: Móntate en mis hombros, a horcajadas, y guíame. Tus ojos serán mis ojos; mis piernas serán tus piernas. Y así bajaron al arroyo y calmaron su sed..."

(Biografía de José de la Cruz Mena. Gratus Halftermeyer, 1941, citada por el sabio Edgardo Buitrago)