26 octubre 2012

ANCLADO


Nada me puede doblegar,
aquí he permanecido firme
desde el inicio de los tiempos.
He soportado tempestades,
feroces tormentas pasan a mi lado.

Aquí sigo aferrado,
mientras las olas chocan
contra los arrecifes.

He visto los relámpagos
alumbrando la noche trastornada,
ráfagas de viento alborotan mis cabellos,
a lo lejos mueren los huracanes
en la última hoja que cae
con la paz de una suave brisa.

Y en cada madrugada vuelve la tormenta,
cuando gotas de sudor caen desde mi rostro
lentamente sobre tu espalda…
Yo sigo aquí, tras de ti, firme y jadeante,
porque desde el inicio de los tiempos
he tirado mi ancla hasta tus profundidades
para morir en el instante preciso,
cuando me voy al cielo y regreso
a esta oscuridad de ojos cerrados,
con mis manos siempre atadas
 a tus descomunales
amplias
blancas
benditas
caderas.

Juan Centeno
León, Octubre/2012.

11 agosto 2012

PUNTOS


Somos dos puntos.
Los dos puntos extremos de una línea recta.
Una línea recta a veces larga a veces corta.
Cuando nos acercamos, la línea está en la mínima distancia
y si nos separamos crece nuevamente.
Pero hoy... hicimos el amor.... en una página en blanco
ya no hay línea.... sólo queda un punto
más bien un punto sobre otro punto,
para poner el punto final a esta historia.

JC/agosto/2012.

20 junio 2012

El Sueño

Anoche estaba frente al televisor viendo Fringe.
En la pantalla me entretuvo la actuación del octogenario
Leonard Nimoy y sus dos universos. Mi esposa y mis hijos
ya dormían. El perro, echado en un rincón. De pronto sentí
un dolor en el pecho que fue aumentando.
Empecé a sudar. Me levanté y fui a la cocina a prepararme
un café fingiendo que no sentía nada. Mientras agitaba
el café en la taza, voltee a ver a la sala, y me vi
sentado en el sillón, inmóvil con las manos sobre el pecho.
Pensé que había muerto y que era mi espíritu o mi
alma quien estaba en la cocina mientras mi cuerpo seguía
rigido en la sala. Cerré los ojos para ver que pasaba.
Cuando los abrí de nuevo, estaba frente al televisor y al volver
la vista a la cocina me vi agitando el café. Volví a cerrarlos.
Al abrirlos otra vez, estaba frente al nuevo televisor RCA
viendo en blanco y negro La Dimensión desconocida.
Me había dormido por unos segundos en que soñé que
había estado en el futuro, tenía un televisor a colores,
una familia, un perro y me había dado un infarto.

Managua, 26 de Marzo de 1971.

13 febrero 2012

EL DEDO DE ROSARIO


Había una vez, hace mucho tiempo ya, un viejo hospital donde los viejos maestros de la medicina enseñaban con entusiasmo a los jóvenes alumnos que ya habían tomado la decisión de convertirse en doctores. Los aprendices del primer año éramos los más tímidos, ingenuos, y el blanco de las bromas de los alumnos de años superiores. Por esa época la facultad de medicina estaba ubicada en las afueras de la ciudad y la conformaban una serie de amplios galerones rodeados por todos lados de frondosos árboles. En la sala de medicina de varones cada paciente estaba asignado a un grupo de alumnos. Debíamos realizar la historia clínica y el examen físico a todos los huéspedes de aquella sala.
Cada cierto tiempo, Rosario entraba a supervisar nuestro desempeño. Era una doctora que estaba por terminar la residencia en Medicina Interna. Alta, robusta, era de raza negra y provenía de la costa caribe de Nicaragua. Tenía las manos grandes igual que sus caderas. Le gustaba hacer bromas y siempre estaba sonriente. A la hora de ser exigente con nosotros se transformaba. Por supuesto todos la respetábamos, a tal punto que era la única de quienes nos enseñaban, que no le habíamos puesto apodo.

Era viernes por la mañana, la próxima semana empezaba la semana santa y todo mundo quería terminar pronto sus quehaceres. A eso de las diez nos llegó un ingreso. Un tipo de unos 60 años, gruñón y mal encarado. La diabetes lo tenía descompensado y su presión arterial andaba por las nubes. Procedimos al interrogatorio lo cual aceptó de mala gana. No quería cooperar. A mediodía íbamos por la mitad de la historia, seguro que Rosario nos iba a amonestar por flojos. Cada uno hacía sus planes de verano, los comentarios siempre iban a parar a la fabulosa fiesta en El Rancho Sonoro con los Hermanos Cortés. El viernes avanzaba y hacía falta la mitad del examen general al viejo. Con suerte terminaríamos como a las 5. Instamos al paciente a que se acomodara para el tacto rectal. La respuesta fue una retahíla de ofensas y la rotunda negación a tal prueba. Le suplicamos como media hora y nada. El viejo gruñón ponía en duda nuestras habilidades médicas. No nos imaginábamos su reacción si se enteraba que éramos de primer año. Rosario entró a la sala, la vimos acercarse con paso firme. Apoyando sus manos en el borde de la cama nos pidió la información del hombre. Le dimos datos generales e informamos de su negativa al tacto rectal. Luego, antes de alejarse nos conminó: “Si no hacen ese tacto, no se van”. La amenaza cayó como bomba. Hicimos otro intento. Yo tenía el guante bien embadurnado con el gel, listo para el procedimiento. El viejo no entendía de razones. Ya me dolía tener el brazo extendido. Una enfermera llegó en nuestro auxilio. Tampoco funcionó. En eso apareció de nuevo Rosario y preguntó si habíamos terminado. Se retiró repitiendo la misma amenaza cuando el reloj señaló las cinco de la tarde. De los otros grupos ya no quedaba nadie. En nuestras caras se dibujaba la desolación. Una hora después volvió Rosario. Mientras caminaba hacia nosotros y movía sus caderas con un ritmo acelerado, iba colocándose un guante en su mano derecha. La contemplamos sintiendo cierta felicidad en nuestros corazones. El viejo estaba horrorizado. Aquella mujer extendió su mano mostrando su índice, y se oyó como un trueno cuando gritó: “!Gel! aprisa le pusimos lo que quedaba del gel en su dedo índice. Aquella extremidad, más que un dedo parecía un bollo de pan cubierto por aquel líquido transparente. Tomó al viejo por el cuello con una sola mano y lo acostó boca abajo, después en posición lateral, flexionó sus rodillas, bajó la piyama y dejó al descubierto las nalgas de aquel ser indefenso. Entonces en fracciones de segundos introdujo su aterrador índice y procedió al examen. El pobre viejo temblaba a merced de la residente. No se quejó, no gimió, había enmudecido. Rosario se deshizo del guante y nos ordenó escribir en el acápite del examen rectal: “Sin datos patológicos” y desapareció. 

Empezaba el atardecer. Recogimos nuestras cosas y empezamos a caminar a la salida del hospital. Vimos pasar un bus Chimbarón a lo lejos. Ibamos haciendo bromas sobre el viejo y haciendo el cálculo de las posibles secuelas de… el dedo de Rosario.

Juan Centeno
León/Febrero 2012


06 febrero 2012

Los poemas de la Bestia


Un ser maléfico y diabólico vive entre nosotros. Ha existido desde hace siglos. Muere y vuelve a nacer, ha vivido entre la miseria y entre los poderosos. Se le ha visto por los caminos del mundo y en los oscuros callejones de las ciudades. Se nutre de maldad y de la sangre de los inocentes. Tiene rostro de mujer y cuando venga el final de los tiempos, vendrá su última muerte. Y esto no es más que...