21 mayo 2013

Doña Elena


Era abril por la tarde. El oficial abrió la puerta del cuarto y le puso las esposas al condenado. Afuera el pelotón de fusilamiento se inquietaba. ¿Estás listo poetá? - le dijo. El hombre tenía la cara desfigurada a golpes… no pudo responder. Dos días atrás, había disparado a la cabeza del presidente de la república. Todo el país estaba trastornado. No había información oficial si el señor presidente vivía o si ya estaba muerto. Solamente había rumores de que lo habían sacado al extranjero y que el autor de los disparos sería fusilado, sin juicio, sin oportunidad de defensa y en algún sitio privado. ¿Estás listo poetá?  - repitió -, el hombre dijo que sí con la cabeza. Caminaron hasta el patio de la casa. Había un jardín con muchas flores y la hierba crecía bien cuidada. Lo ubicaron en una silla de espaldas al muro que rodeaba la mansión. Rechazó ser vendado.

El oficial a cargo de la ejecución se acercó al condenado, y en un gesto de condescendencia, como se hace en estos casos, preguntó:

-      ¿Su último deseo poetá?

Ambos se conocían pues habían compartido las mieles del poder en tiempos pasados. Ahora estaban frente a frente ante una jugada rara del destino. El poeta balbuceó: “Quiero… quiero ver a… Doña Elena… desnuda… sobre la hierba.” La petición tomó a todos por sorpresa. ¿Doña Elena? Un equipo de inteligencia logró ubicar a la mujer. Dos oficiales de alto rango la fueron a buscar.

Doña Elena les abrió la puerta intrigada por aquella inusual visita. Salió en bata de dormir. Eran las tres de la tarde y lucía somnolienta. Terminó de despertarse cuando los uniformados le notificaron el motivo de la visita. ¡Debo ir! – razonó de inmediato y subió a cambiarse. Cuando regresó, cinco minutos después, vio a los militares que observaban el montón de bolsas sobre la mesita de sala. ¡Es ajo! – les dijo apresurada. ¡Voy a enterrarlo en el patio para ahuyentar a las culebras!

En el trayecto le cubrieron los ojos. Al llegar pasaron directo al lugar donde todos esperaban. Le quitaron la venda y pudo ver el escenario: El condenado, el pelotón de fusilamiento, el alcalde, el jefe de la policía, el canciller, el jefe de las fuerzas armadas, dos hijos del presidente, dos embajadores y una decena de militares. 

Exploró con sus ojos el sitio exacto para echarse sobre la hierba. Se quitó los zapatos y fue descubriendo su cuerpo de mármol ante las miradas curiosas que se clavaron sin clemencia por toda su anatomía. El vestido negro con puntos blancos cayó a sus pies. No traía nada debajo. Con la natural sensualidad que siempre la acompañaba se fue acomodando. Cada hoja de hierba iba besando su piel blanca mientras se acostaba. Sintió las hojas ceder a sus espaldas, en sus caderas, a sus pies. Sus movimientos duraban ya una eternidad en que cada pupila seguía la más mínima inclinación de ese monumento horizontal. Cuando estuvo lista, giró su cabeza y vio los ojos del condenado, quien a través de una sonrisa imposible quería agradecer tan noble gesto.

Doña Elena respiró profundo, su cuerpo desnudo parecía una pintura del renacimiento. Estaba resplandeciente, justo entre los soldados y el condenado a muerte. Las balas pasarían cortando el aire por arriba de su humanidad hacia el pecho de aquel hombre que tenía al país convulsionado.

¿Apuntarían bien esos siete soldados teniendo por delante el cuerpo desnudo de tan bella mujer?

¡Preparen! –se oyó la voz del oficial.

¡Apunten! – el silencio era absoluto.

Doña Elena cerró los ojos… la pausa fue más larga.
¡Fuego! – Se escuchó una sola detonación saliendo de la boca de los fusiles.

Pasaron varios segundos hasta que Doña Elena abrió los ojos. Lo primero que vio fue la silla vacía junto a la pared y a los soldados del pelotón de fusilamiento tirados sobre la hierba. Los observadores también yacían inmóviles, caídos sobre el corredor. Otros, sobre los adornos de cemento. Algunos sobre las plantas del jardín. Se incorporó y se puso el vestido, agarró los zapatos y en puntillas atravesó la estancia procurando no pisar a nadie. Camino a la puerta principal encontró más cuerpos tirados, entre ellos, una empleada con su bandeja de plata y bocadillos esparcidos por el piso. Antes de llegar a la entrada se topó con una enorme fotografía del presidente, al pasar le susurró: “Hasta la vista baby” y continuó. Cuando llegó al portón observó al vigilante doblado sobre un equipo de radio que rasgaba los oídos con su estática. Afuera el tránsito era normal. Quiso alejarse de prisa, por lo que siguió caminando descalza. Llegó hasta un parque solitario, se sentó en el borde de una fuente y se puso los zapatos. En ese instante se percató que nadie le había mencionado el nombre del poeta ejecutado. Pudo ser alguien conocido, - pensó. Se puso de pie. Se ajustó el vestido, se arregló el cabello, lanzó a la fuente las últimas cabezas de ajo que le quedaban y levantando su mano derecha gritó: ¡Taxi!

Un sol rojizo y tenue la vio alejarse con una sonrisa maliciosa aquella tormentosa y cálida tarde de abril.

Juan Centeno
León, Mayo/2013




  

24 abril 2013

YA TE OLVIDÉ

de ... HISTORIAS DE BARES

El hombre volvió a pedir monedas para la roconola.
El mesero se las llevó y las puso sobre la mesa con un gesto delicado.
Tomó las diez monedas y tambaleándose fue a poner una vez más
"Ya te olvidé" de la Durcal. Al volver su amigo protestó
Dejá de poner esa mierda ! ... es que quiero que sepan que ya me
olvidé de esa ingrata... siguió bebiendo. Media hora después hizo
lo mismo. Así estuvo... y entre más la olvidaba... más se acordaba de ella.

JC/Abril/2013
CORINTO BAR 

01 abril 2013

Los tres cubos de hielo.




He vuelto a este viejo bar, a sentarme en la mesa de la esquina donde no le permito al mesero que me sirva el trago. Un día de estos le contaré mis razones, por ahora, vierto el ron sobre el vaso y le pongo los tres cubos de hielo… las imágenes empiezan a aparecer en mi cabeza. Recuerdo aquel día que estuvimos en Telica en la presentación de uno de los tantos libros de Pedro Alfonso. Llegamos varios amigos de León y al final del evento Pedro nos llevó a cenar a un restaurante. Estuvimos departiendo como siempre, haciendo los animados comentarios. Entre las personas que llegamos con Pedro estaba un muchacho a quien nunca había visto. Se presentó diciéndonos a todos que se llamaba Juan. Había vivido mucho tiempo en Estados Unidos y ahora regresaba a León a poner un bar. Tenía tanta experiencia en eso de servir tragos que de repente, mientras yo ponía hielo a mi vaso, me conminó a no echar a perder el sabor original del ron… sólo debes ponerle tres cubos de hielo, me dijo… de lo contrario pierde su esencia. Después hablamos de Rock y de nuestras preferencias musicales. A partir de ese momento yo tomaba la precaución de poner solamente los tres cubos de hielo al trago. Finalmente la sorpresa vino cuando le preguntamos sobre el nombre que tendría su bar. Decadencia… dijo, así se llamará.

Unos meses más tarde Juan inauguró su bar. Yo no asistí pues no me di cuenta, pero siempre estuve con ganas de ir a conocerlo. Algunos amigos me contaban sobre el bar Decadencia y hacía mis planes para ir a visitarlo. No obstante… nunca pude hacerlo. Un día encontraron a Juan colgado de una soga en medio del bar. Parece que las cosas no habían ido del todo bien. Por eso, cada vez que tomo un trago de ron, recuerdo aquellas palabras sobre los cubos de hielo. Esto no es ficción, no es poesía… es la realidad misma, diáfana y cruel.  Aquí voy de nuevo… ¡uno… dos… tres… listo!  levanto mi copa y me imagino al muerto…. ¡Salud Juan! 

Juan Centeno/León/ Marzo/27/2013


08 marzo 2013

UN WESTERN NICA



Por Roberto Ruiz (Elche, España)

Hubo una época en mi ya lejana infancia, que me dio por leer novelas de vaqueros. Silver Kane, Keith Luger y Marcial Lafuente Estefanía eran los autores de moda. El western cinematográfico americano había sido desplazado por el “spaghetti western” donde directores como Sergio Leone marcaron a una generación completa con películas inolvidables como “Por unos dólares más”, “El bueno, el malo y el feo” y “Por un puñado de dólares”. Según mi padre, fanático del género, las películas italianas fueron tan buenas que acabaron con el western: eran insuperables. Pero, ¿Cómo olvidar a leyendas de la pantalla como John Wayne o Chuck Connors?, sólo por mencionar dos ejemplos de una larga lista que no cabe en un relato.
 
Hace pocos días recibí por correo un libro de cuentos recién salido del horno escrito por mi amigo y maestro Juan Centeno: “Más allá de la fantasía”. El cuento de Pancho Ñato me trasportó inmediatamente a mi infancia, a las novelas de vaqueros, a las películas americanas de clase B y a las tandas de matiné en el cine del pueblo. Yo no estaba leyendo un cuento, estaba viendo una película del oeste, totalmente inmerso en la lectura y la trama de la historia me trasladé a un ambiente árido y desértico (Malpaisillo) donde estaban todos los personajes: el maleante (Pancho Ñato y sus secuaces), el bueno (el marido de la maestra), la chica (la maestra), el salón con sus damas de la noche (Las putas de la cantina Las 7 Cabritas) el ferrocarril y un pueblo pequeño de gente sencilla y trabajadora. El papel de la caballería lo interpretan magistralmente los hombres de la entonces recién fundada Guardia Nacional de Nicaragua. En la historia de Pancho Ñato no faltan balaceras, líos de faldas, fechorías y hasta hay una ejecución.
Simplemente genial. Es, en resumen UN WESTERN NICA.