06 agosto 2015

MORS OMNIA AEQUAT



Debe resultar agradable morir mientras uno duerme.
Morir en un sueño profundo, sin sobresaltos,
con el cuerpo quieto y relajado,
sin personas corriendo alrededor,
nadie gritando o alterando al resto de familiares.
Por la mañana te encontrarán inmóvil
y los niños de la casa creerán que aún duermes.
Todos te verán dormido pero estarás muerto,
y quizás eso sea menos doloroso.
Murió mientras dormía, dirán en el noticiero.

En el velorio también tendrás esa apariencia
de dormir con tus manos entrelazadas,
todos pasarán a verte mientras duermes el sueño eterno.
Las señoras dirán: ¡Mira, parece que está dormido!
Algunos se atreverán a tocarte para ver si abres los ojos,
otros te pellizcarán pensando que les haces una broma.
También habrá quien pida silencio para que no despiertes.

Cuando te lleven a tu última morada
entrarás dormido, dispuesto a quedarte ahí.
Vas calmado, sin contratiempos, sin apuro,
muy resignado a tu destino.
Escucharás feliz los discursos,
las palabras bonitas que dicen de los muertos.
Mientras todos se retiran murmurando cosas de ti,
tú te vas adaptando a ese pequeño hábitat,
a ese ataúd acolchonado y terso como tu cama.
Y cuando al fin se marche el último de tus amigos,
disfrutarás con tu mejor sonrisa
el olor de los crisantemos
en la apacible tranquilidad del cementerio.

Juan Centeno
León/agosto/2015

05 agosto 2015

LA BENDICIÓN DE JUAN PABLO II




Aquel día soleado el poeta Fernando Núñez hizo los aliños pertinentes para cumplir su cometido. La plaza central de León estaba árida y un viento cálido movía las ramas de los árboles a la espera de la visita de los devotos del santísimo. Era jueves 3 de Marzo de 1983, el poeta Núñez preparó pinolillo y un poco de tortilla con cuajada y se dirigió a la catedral. Tenía entonces 42 años y se había propuesto ver al Papa Juan Pablo II en su visita a León al día siguiente. Entró a la iglesia y estuvo confundido entre los feligreses por varias horas esperando que cayera la noche para buscar su escondite. Antes que cerraran las pesadas puertas de la catedral, tuvo la oportunidad de ocultarse detrás del altar mayor, ahí permaneció hasta que todo fue silencio. Después de cenar acomodó sus papeles que siempre carga e improvisando una almohada se quedó dormido rodeado de ángeles y querubines.

El bullicio de la mañana lo despertó. Tomó sus cosas y esperó el momento indicado para salir de su escondite. El Papa había llegado a León en helicóptero desde Managua y estaba por entrar a la catedral. El Vicario General de la Diócesis de León era el sacerdote Marcelino Areas, quien al parecer había permitido la entrada a varias familias adineradas de la ciudad. El padre Areas bastante recordado en León estaba por supuesto en la comitiva que acompañaba a Su Santidad. La gente fue entrando poco a poco entre las altas medidas de seguridad de quienes cuidaban las espaldas al prelado. El Papa entró a la iglesia y avanzó hasta el altar mayor. El poeta Núñez, quien ya estaba entre el público, tomó una posición muy estratégica para poderse acercar lo más posible. Todos querían tocarlo o al menos verlo muy cerca. Entre estos, el pintor Pascual Rojas quien se arrodilló ante el papa al momento que pasó por donde se encontraba, lo que activó el sistema de seguridad y por poco le caen encima los custodios, ya que para esa época Su Santidad había sobrevivido a varios atentados.

El Papa siguió avanzando hasta llegar al altar mayor, en ese momento el poeta Núñez se acerca hasta él y se inclina con una sola rodilla en un gesto que llamó la atención al pontífice. “Él me quedó mirando con una sonrisa seca” – cuenta emocionado el poeta Núñez – “y acto seguido procedió a darme la bendición papal.”

El plan del poeta había dado los resultados esperados. Juan Pablo II se quitó el solideo y se arrodilló frente al altar mayor. Luego la comitiva se retiró pues el Papa debía oficiar misa en el campus universitario al sur de León. El poeta Fernando Núñez se retiró con una gran satisfacción, con un brillo especial en sus ojos diminutos, y según el mismo cuenta “con la animadversión eterna del vicario” por haber recibido la bendición de Juan Pablo II.

Contado por el Poeta Fernando Núñez a Juan Centeno
Sacuanjoche/León/02-08-2015